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viernes, 20 de diciembre de 2013

EL BURRO QUE CAGABA PLATA





Serie: CUENTO “EL BURRO QUE CAGABA PLATA “ Otro cuento referido a nuestro personajes “Pedro Urdemales” que como su nombre lo indica siempre está “urdiendo trampas”. Rcopilado para la RED por nuestro blogger Valerio Tobaldo


EL BURRO QUE CAGABA PLATA

Una vez se encontró Pedro Urdemales un burro, y montando en él se fue donde un caballero muy rico y generoso que lo tomó a su servicio por un año, pagándole una moneda de oro cada mes.
Pedro Urdemales y su burro lo pasaron muy bien durante ese tiempo y engordaron bastante. Concluido el año, Pedro Urdemales, que no había necesitado gastar nada porque de todo se le daba en abundancia, se encontró con que había economizado doce hermosas monedas de oro, que cambió por muchas de plata, y no sabiendo dónde guardarlas, como lugar más seguro se las encajó al burro debajo de la cola.
Iba pasando Pedro por frente de los jardines del Rey, cuando el Rey lo divisa y le dice:
— Muy bonito tu burro, Pedro, ¿quién te lo ha prestado?
— El burro es mío, Su Majestad, y mi bueno me ha costado; y no es nada lo bonito, como otra gracia que tiene.
— ¿Y qué gracia es ésa?— preguntó el Rey.
— Va a verla Su Sacarrial Majestad, — le respondió Urdemales.
Y clavándole las espuelas al burro con toda su fuerza, del doler que le causara, le hizo largar una ventosidad y con ella salieron unas cuantas monedas de plata de las que había depositado en la parte consabida.
Pedro le dijo al Rey:
— Ya ve, pues, señor, la layita de burro que tengo, que no hay otro como él en todo el mundo. El come su pastito como cualquiera otro, pero el pastito se le vuelve plata.
— Pedro, — le dijo el Rey, — véndeme tu burro.
— ¡Cómo, señor, le voy a vender un burro de esta laya! Fíjese Su Sacarrial Majestad que cada vez que necesito plata, no tengo mas que montarme en él y clavarle un poquito las rodajas y al tirito me regala con varias monedas.
— Véndemelo, Pedro; te daré dos mil monedas de oro por él; es tu Rey quien te lo pide.
— Por ser mi Rey quien me lo pide se lo venderé, aunque no es negocio: dos mil monedas de oro es poco para ser dadas por el Rey.
Le mandó dar el Rey a Pedro, dos mil quinientos ducados y el mejor caballo que se criaba en sus potreros, y en cuanto no más se vio montado, las enveló ño Peiro que no dejó más que la polvaera .
El Rey hizo que pusieran al burro en la mejor pesebrera y le dieran bastante pasto y del mejor, y al día siguiente, antes de almorzar, convidó a la Reina, a los príncipes y a todos los grandes de la Corte para que vieran la maravilla que había comprado.
Cuando ya estaban todos en los balcones, el Rey en persona montó en el burro y le clavó las espuelas muy suavemente; el humo, nada. Le clavó las espuelas más fuertes y entonces el burro plantó un corcovo, levantó la cola y entre ventosidades y otros excesos despidió hasta unas veinte monedas de plata.
Todos se quedaron con la boca abierta, admirados de ver una cosa tan extraordinaria. Algunas damas viejas dijeron que era señal de acabo de mundo .
Al día siguiente se hizo la misma experiencia, siempre con buen resultado, porque el burro largó todas las monedas que le quedaban aún, sin dejar adentro una ni para remedio.
El Rey estaba tan contento que no le cabía un alfiler . El no sabía que la minita se había broceado. Así es que cuando al otro día repitieron la operación, el burro lanzó de todo, menos plata.
Era de ver la rabia del Rey y cómo ordenaba a sus generales que mandaran tropas en persecución de Pedro, que lo había engañado. Las tropas salieron pero ya hacía tres días que Pedro había hecho la venta y dos que habla salido de los estados del Rey.
¿Irían a pillar a esa fiebre?


DOMINUS VOBISCUM




Serie: CUENTOS “DÓMINUS VOBÍSCUM” un divertido e ingenioso cuento de curas recopilado por nuestro blogger Valerio Tobaldo para la RED

DÓMINUS VOBÍSCUM
Pedro Urdemales andaba sin plata y sabiendo que un cura rico necesitaba un mozo, se presentó a solicitar el empleo. Lo aceptaron, y tan activo e inteligente se manifestó desde el primer momento, que todos los de la casa le tomaron cariño. En la noche fue a pedirle órdenes al cura, que liba a acostarse, y el cura le dijo:
— Has trabajado todo el día y aún no sé cómo te llamas. ¿Cuál es tu nombre?
— Señor, — le contestó— mi nombre es un poco raro; pero cada uno se llama como le pusieron en el bautismo y a mí me pusieron Dóminus Vobíscum .
— De veras que el nombre es raro— asintió el cura, pero en fin, es un nombre muy apropiado para mozo de eclesiástico. Bueno, pues, Dóminus Vobíscum, ya es tarde, vete luego a acostar para que mañana te levantes temprano.
— Buenas noches, señor cura.
— Buenas noches, Dóminus Vobíscum.
Acababa de salir Pedro Urdemales de la pieza del patrón cuando encontró en el patio a una de las sobrinas del cura, que también iba a recogerse.
— Has estado todo el día en la casa y todavía no sé tu nombre. ¿Cómo te llamas?
— Señorita, tengo un nombre muy ridículo y no me atrevo a decírselo. Llámeme usted como quiera.
— Pero, hombre, lo natural es llamar a cada cual con el nombre que tiene.
— El mío es... pero no se ría, señorita: La ensalada me hace daño .
— De veras que tienes un nombre muy curioso, pero si así te llamas, así habrá que nombrarte. Y se fue a acostar.
Pocos pasos más a allá encontró a la otra sobrina del cura, que también iba a acostarse y que al verlo se detuvo.
— Dime cómo te llamas, que aún no lo sé.
— Señorita dispénseme que no se lo diga; tengo un nombre muy cochino y no podría usted llamarme con él.
— ¿Por qué no? Si tienes un nombre, lo justo es que con él te llamen. Dímelo no más.
— Se lo diré, señorita, porque usted me lo manda, pero no se enoje. Cuando me bautizaron me pusieron Ya me ensucio .
— ¡Qué nombre tan particular! pero si es el tuyo, con él habrá que llamarte. — Y se metió a su dormitorio pensando: ¡Pero a quién se le ocurre poner a un cristiano un nombre tan puerco!
Mientras tanto, la hermana del cura roncaba que era un contento y ni se había acordado de preguntarle a Pedro cómo se llamaba.
Pedro esperó hasta la 1 de la mañana, y sacándose los zapatos, entró al escritorio del cura y a los dormitorios de la hermana y sobrinas, y después de robar a toda la familia el dinero y las alhajas, montó en el caballo que el cura tenía para salir a visitar la parroquia y huyó a todo escape.
Al otro día, cuando se dieron cuenta de la acción de Pedro Urdemales no se oían sino lamentaciones en la casa. — Esto nos pasa — decían — por tomar al primero que se presenta, sin exigirle recomendaciones de personas conocidas, pero no nos sucederá otra vez.
Habría transcurrido como un mes cuando se le ofreció a Pedro Urdemales un buen negocio con un labrador que le dio cita para un domingo en la iglesia de la parroquia de que era cura el de este cuento. Entró Pedro a la iglesia con cierto temor, que pronto desechó, porque no era hombre miedoso, y se puso en un rincón mientras terminaba la misa. Precisamente en ese momento se daba vuelta el cura hacia los fieles para decir Orate frates ... pero divisó a Pedro y dijo mostrándolo con el dedo:
— Dóminus Vobíscum.
— Señor cura, le dijo el que ayudaba la misa, en voz baja— si le corresponde decir orate frates .— ¡Qué orate frates ni que niño muerto — le contestó el cura; — si lo que yo digo es que ahí, en ese rincón, está Dóminus Vobíscum y que deben tomarlo preso!
— El señor cura se ha vuelto loco— pensó el monaguillo.
Mientras tanto, una de las sobrinas, que miraba hacia atrás para ver si había venido su novio, vio a Pedro Urdemales, e inmediatamente le dijo a su madre:
— Mamá, mamá, La ensalada me hace daño.
— Bien te lo dije anoche que no fueras golosa, ¿para qué comiste tanta?
Y la otra niña, que también atisbaba por todas partes con el mismo fin que su hermana, vio asimismo a Pedro y comenzó a codazos con su madre:
— Mamá, mamá, Ya me ensucio.
— Anda a vaciarte a la casa, cochina; eso te pasa por ser glotona como tu hermana. ¿No les decía yo que no comieran tanta ensalada?
Y Pedro Urdemales, que vio que el cura, y la hermana del cura y las sobrinas lo habían visto y conocido, sin esperar hacer el negocio, salió disimuladamente y subiendo a caballo escapó a toda carrera.
Cuando se vio lejos, libre ya de cuidados y temores, se bajó de la cabalgadura y cambió la ropa vieja que llevaba puesta por la que le había entregado la mujer, que estaba como nueva, y se comió muy tranquilamente la gallina.
Con los doscientos pesos tuvo Pedro para mantenerse y divertirse algunos días.


jueves, 19 de diciembre de 2013

LA PESQUISA DE DON FRUTOS por Velmiro Ayala Gauna

 

 Serie: CUENTO “La Pesquisa de Don Frutos”

 Recopilado por nuestro blogger Valerio Tobaldo para la RED

Por Velmiro Ayala Gauna,

Don Frutos Gomez, el comisario de Capibara-Cué, entró en su desmantelada oficina haciendo sonar las espuelas, saludó cordialmente a sus subalternos y se acomodó en una vieja silla de paja, cerca de la puerta, a esperar el mate que uno de los agentes empezó a cebarle con pachorrienta solicitud.

Cuando tuvo el recipiente en sus manos succionó con fruición por la bombilla y gustó del áspero sabor del brebaje con silenciosa delectación.
Al recibir el segundo mate lo tendió cordial hacia el oficial sumariante que leía con toda atención, junto a la única y desvencijada mesa del recinto.
-¿Gusta un amargo?
-Gracias -respondió el otro.- Sólo lo tomo dulce.
-Aquí solo toman dulce las mujeres, -terció el cabo Leiva con completo olvido de la disciplina.
-Cuando quiera su opinión se la solicitaré -replicó fríamente el sumariante.
-Esta bien, mi oficial -dijo el cabo y continuó perezosamente apoyado contra el marco de la puerta.

Luis Arzásola, que hacía tres días había llegado de la capital correntina a hacerse cargo de su puesto en ese abandonado pueblecillo, se revolvió molesto en el asiento, conteniendo a duras penas los deseos de “sacar carpiendo’ al insolente, pero don Frutos regía a sus subordinados con paternal condescendencia, sin reparar en graduaciones, y no quería saber de más reglamentos que su omnímoda voluntad.
Cuando él, ya en este breve tiempo, le hubo expuesto en repetidas ocasiones sus quejas por lo que consideraba excesiva confianza o indisciplina del personal, solo obtuvo como única respuesta:
-No te hagas mala sangre, m´hijo. No lo hacen con mala intención sino de brutos que son nomás; ya se irá acostumbrando con el tiempo.

Para olvidar el disgusto siguió leyendo su apreciado libro de Psicología y efectuando apuntes en un cuaderno que tenía a su lado, pero la mesa, que tenía una pata mas corta que las otras, se inclinaba hacia ese costado y hacía peligrar la estabilidad del tintero que se iba corriendo lentamente y amenazaba concluir en el suelo. Para evitar tal contingencia tomó un diario, lo dobló repetidas veces y lo colocó, para nivelar el mueble, debajo del sostén defectuoso. Luego siguió con la lectura interrumpida…(continuará)


2
-¿Qué pa esta aprendiendo, che oficial? –preguntó el agente mientras esperaba el mate de manos del comisario.
-Psicología
-¿Y eso para qué sirve?
-Para conocer a la gente. Es la ciencia del conocimiento del alma humana.

El milico recibió el mate vacío, meditó unos segundos y concluyo sentenciosamente:
-Para mi ver, eso no se estudia en los libros. Para conocer a la gente hay...
Vaciló un momento y afirmó:
-...hay que estudiar a la gente.

Después se acercó al brasero que ardía en un rincón y empezó a llenar la calabaza cuidando que el agua no se derramara y que formara una espuma consistente.
En eso estaban cuando Aniceto, el mozo de la carnicería, entró espantado:
-¡Don Frutos! ¡Don Frutos!
-¿Qué te ocurre hombre? -contestó el aludido y empezó a levantarse.
-Al tuerto Méndez...
-¿Sí?
-Lo han achurao sin asco. Recién cuando le fui a llevar un matambre que había encargado ayer, dentré al rancho y ¡ánima bendita santa!, lo encontré tendido en el suelo, boca abajo y lleno de sangre.
-¿Seguro pa de que estaba muerto, chamigo?
-Seguro Don Frutos. Duro, frío y hasta medio jediendo con la calor que hace.
-Güeno, gracias, Aniceto, andate nomás.
-¡Hasta luego Don Frutos!
-¡Hasta luego Aniceto! -respondió el funcionario y volvió a sentarse cómodamente.

El oficial, que había dejado el libro, se plantó frente a su superior.
-¿Qué pa le pasa m´hijo?
-¿No vamos al lugar del hecho, comisario?
-Si, enseguida.
-Pero ¡es que hay un muerto señor!
-¿Y que? -contestó el viejo ya con absoluta familiaridad- ¿Acaso tenés miedo de que se dispare? Dejame que tome cuatro o cinco matecitos más o de no se van a desteñir las tripas.

3
Cuando después de una buena media hora arribaron al rancho de las afueras donde había ocurrido el suceso, ya el oficial había redactado “in mente’ el informe que elevaría a las autoridades sobre la inoperancia del comisario, sus arbitrarios procedimientos y su inhabilidad para el cargo. Creía que era llegada la ocasión propicia para su particular lucimiento y para apabullar con sus mayores conocimientos los métodos simples y arcaicos del funcionario campesino. Lo único que lamentaba era haber olvidado en la ciudad una poderosa lupa que le hubiera servido de maravilloso auxiliar para la búsqueda de huellas.
Apenas a unos pasos de la puerta estaba el extinto de bruces contra el suelo.
-¡Andá! -ordeno el comisario al cabo Leiva.- Abrí bien la ventana pa que dentre la luz.

Este lo hizo así y el resplandeciente sol tropical entró a raudales en la reducida habitación.
Don Frutos se inclinó sobre el cadáver y observó en la espalda las marcas sangrientas de tres puñaladas que teñían de rojo la negra blusa del caído.
-Forastero -gruñó.
Luego buscó un palito y lo introdujo en las heridas. Finalmente lo dejó en una de ellas y aseveró:
-Gringo.

Se irguió buscando algo con la mirada y, al no encontrarlo, dijo al cabo:
-Andá, sacale las riendas al rosillo que es mansito y traémelas.

Cuando al cabo de un momento las tuvo en su poder, midió con una la distancia de los pies del difunto hasta la herida y, luego, haciendo colocar a Leiva a su frente marcó la misma sobre sus pacientes espaldas. En seguida alzó un brazo y lo bajó. No quedó satisfecho al parecer y, poniéndose en puntas de pie, repitió la operación.
-¡Ajá! -dijo-. Es más alto que yo, debe medir un metro ochenta más o menos.
Inmediatamente inquirió a su subordinado:
-¿Estuvo el tuerto ayer en las carreras?
-Sí, pero él pasó la tarde jugando a la taba.
-¿Y le jue bien?
-¡Y de no! ¡Si era como no hay otro pa clavarla de vuelta y media! ¡Dios lo tenga en su santa gloria! Ganó una ponchada de pesos. Al capataz de la estancia, a ese que le dicen “Míster’, lo dejó sin nada y hasta le ganó tres esterlinas que tenia de ricuerdo; al Ñato Cáceres le gano ochenta pesos y el anillo de compromiso.
-Güeno, revisalo a ver si encontrás la plata.

El cabo obedeció. Dio vueltas el cadáver y le metió la mano en los bolsillos, hurgó en el amplio cinturón y le tanteó las ropas.
-Ni un veinte, comesario.
-A ver, vamos a buscar en la pieza, puede que la haiga escondido.
-Pero comisario -saltó el oficial-. Así van a borrar todas las huellas del culpable.
-Qué huellas, m´hijo?
-Las impresiones dactilares.
-Acá no usamos de eso m´hijo. Tuito lo hacemos a la que te criaste nomás.

Y ayudado por el cabo y el agente, empezó a buscar en cajones, debajo del colchón y en cuanto posible escondite imaginaron.
Arzásola, entretanto, seguía acumulando elementos con criterio científico, pero se encontraba un poco desconcertado. En la ciudad, sobre un piso encerado, un cabello puede ser un indicio valioso, pero en el sucio piso de un rancho hay miles de cosas mezcladas con el polvo: recortes de uñas, llaves de latas de sardinas, botones, semillas, huesecillos, etc.
Desorientado y después de haber llenado sus bolsillos con los objetos más heterogéneos que encontró a su paso, dirigió en otro sentido sus investigaciones.
4
Inmediatamente inquirió a su subordinado:
-¿Estuvo el tuerto ayer en las carreras?
-Sí, pero él pasó la tarde jugando a la taba.
-¿Y le jue bien?
-¡Y de no! ¡Si era como no hay otro pa clavarla de vuelta y media! ¡Dios lo tenga en su santa gloria! Ganó una ponchada de pesos. Al capataz de la estancia, a ese que le dicen “Míster’, lo dejó sin nada y hasta le ganó tres esterlinas que tenia de ricuerdo; al Ñato Cáceres le gano ochenta pesos y el anillo de compromiso.
-Güeno, revisalo a ver si encontrás la plata.

El cabo obedeció. Dio vueltas el cadáver y le metió la mano en los bolsillos, hurgó en el amplio cinturón y le tanteó las ropas.
-Ni un veinte, comesario.
-A ver, vamos a buscar en la pieza, puede que la haiga escondido.
-Pero comisario -saltó el oficial-. Así van a borrar todas las huellas del culpable.
-Qué huellas, m´hijo?
-Las impresiones dactilares.
-Acá no usamos de eso m´hijo. Tuito lo hacemos a la que te criaste nomás.

Y ayudado por el cabo y el agente, empezó a buscar en cajones, debajo del colchón y en cuanto posible escondite imaginaron.
Arzásola, entretanto, seguía acumulando elementos con criterio científico, pero se encontraba un poco desconcertado. En la ciudad, sobre un piso encerado, un cabello puede ser un indicio valioso, pero en el sucio piso de un rancho hay miles de cosas mezcladas con el polvo: recortes de uñas, llaves de latas de sardinas, botones, semillas, huesecillos, etc.
Desorientado y después de haber llenado sus bolsillos con los objetos más heterogéneos que encontró a su paso, dirigió en otro sentido sus investigaciones.
5
Junto a la puerta y cerca de la ventana encontró una serie de pisadas y, entre ellas, la huella casi perfecta de un pie.
-¡Comisario! -gritó-. Hay que buscar un poco de yeso.
-¿Pa qué m´hijo?
-Para sacarle el molde a esa pisada. El asesino estuvo parado aquí y dejó su marca.
-¿Y pa qué va a servir el molde?
-Porque gracias a una ciencia que se llama antropometría -respondió despectivamente y como dando una lección -de esa huella se puede deducir la talla de su dueño y otros datos.
-No te aflijás por eso. El criminal es gringo, más o menos una cuarta más alto que yo y dejuro que ha de estar entre la peonada é la estancia´e los ingleses.
-¡Pero! -se asombró el oficial.
-Ya te lo explicaré más tarde, m´hijo. Estoy seguro que el tipo estuvo en la cancha´e taba y vio cómo el tuerto se llenaba de plata, después se le adelantó y lo estuvo esperando en el rancho. Quedó un rato vichando el camino desde la ventana y después se puso detrás de la puerta. Cuando el pobre dentró le encajó una puñalada y en seguida dos más cuando lo vio caído.
-Asi es, don Frutos -asintió el cabo.- Se ve clarito por las pisadas.
-Al verlo muerto le revisó los bolsillos, le sacó tuitas las ganancias y se fue. Pero ya lo vamos a agarrar sin la Jometría esa que decías.
En seguida, dirigiéndose al agente que lo acompañaba, ordenó:
-Andate a lo del carnicero y decile que te dea un cuero de vaca y te emprieste el carro. Lo traés al Aniceto pa que te ayude, lo envuelven al finao y lo llevan a enterrar. El pobre no tiene a naides que lo llore. Cuando venga el Paí Marcelo pa la Navidá, le haremos decir una misa.
-Está bien, comisario.
Inmediatamente se volvió al oficial y al cabo y dijo:
-Ahora vamos pa la estancia; se me hace que el infiel que hizo esta fechuría debe estar allí.

La estancia de los ingleses se encontraba más o menos a media legua del pueblo. Además del habitual personal de servicio y peones había en ella una dos docenas de obreros trabajando en la ampliación de una de las alas del edificio.
6
Interiorizado el administrador del propósito que los llevaba hizo reunir, frente a una de las galerías, a todo el personal. Hombres de todas clases y con los más diversos atavíos se encontraban allí. Algunos con el torso desnudo brillante de sudor porque el sol ya empezaba a hacerse sentir, otros en camiseta, blusas, camisas de colores chillones, un inglés con breeches, un español con boina, un italiano con saco de pana, etc.
-Poné a un lado a los gringos y a los otros dejalos ir -dijo don Frutos al oficial, después de pasar su mirada por el conjunto y se sentó con el dueño de casa a saborear un vaso de whisky.
Arzásola, a su vez, transmitió la orden.
-Los extranjeros que avancen dos pasos al frente.
Una decena de hombres se destacó de la masa. El oficial, entonces dirigiéndose a los otros exclamó:
-Ustedes pueden retirarse.

Correntinos, formoseños, misioneros y de algunas otras provincias del norte se alejaron murmurando entre dientes o contentos de verse libres de la curiosidad policial.
De pronto el cabo Leiva se adelantó hacia un mocetón de pelo hirsuto y tez cobriza que había quedado con los demás.
-Y vos, Gorgonio, ¿qué hacés aquí?
-El oficial dijo que quedásemos los extranjeros, pues...
-¡Qué pa vas a ser extranjero vos! Usté sos paraguayo como yo, chamigo. Extranjeros son los gringos, los de las Uropas. ¡Andá de acá y no quieras darte corte!
Y así lo fue sacando a empellones de la fila.

Don frutos entonces, se acercó a los restantes y después de observarlos dijo:
-Los dos petisos de la esquina y ese otro de boina pueden irse nomás.

Frente a él quedaron el inglés, un par de italianos, dos españoles y un polaco.
-A ver -continuó-, muéstreme la cartera o la plata que tengan.

7
En cinco manos callosas aparecieron carteras grasientas o pesos arrugados.
El inglés sin inmutarse, advirtió:
-Mi no tener una moneda.

Al oírlo, Arzásola se acercó a don Frutos y le dijo suavemente:
-Está mintiendo, me parece. Debe ser él y seguro ha escondido lo robado. Lo habrá hecho para recobrar sus esterlinas.
-No -le respondió el superior-. Este no puede ser mirale a los pieses.

El inglés permanecía firme y estático mientras los otros, inquietos se asentaban ahora sobre un pie, ahora sobre el otro.
-¿Ves m´hijo? El “Míster’ puede estarse mucho tiempo sin moverse, mientras que el que estuvo allá dejó el suelo como pisadero para hacer ladrillos
Se acercó a los hombres silenciosos y les revisó el dinero sin decir palabra.
Se retiró unos pasos atrás y le dijo al oficial:
-El polaco, el italiano pelo e´choclo y los dos gallegos no han estado en la tabeada.
-¿Cómo lo puede asegurar? Si ni siquiera los ha interrogado.
-¿No viste que la plata de éstos estaba limpita y lisa? La de los otros estaba arrugada y sucia de tierra. Cuando puedas observar una partidita vas a ver cómo los tabeadores estrujan los billetes, los hacen bollitos, los doblan y los sostienen entre los dedos, los tiran al suelo, los pisan, los arrugan, etc. Uno de esos dos debe ser.

Se acercó de nuevo a la fila y pasándose el pañuelo por la cara dijo:
-Está apretando el calor, ¿no?
Miró al italiano de saco de pana y le aconsejó con tono paternal;
-Ponéte cómodo sacate el saco.
-Estoy bien gracias.
-Sacate el saco he dicho -ordenó entonces con rudeza, y luego con aire protector:- te va a embromar el calor si no lo hacés.
A regañadientes obedeció el otro.
Apenas lo hubo hecho cuando don Frutos indicó al cabo:
-¡Metelo preso! Ese es el criminal.

8
Dando un rugido de rabia, el indicado metió la mano en la cintura y la sacó empuñando un pequeño y agudo cuchillo, pero el cabo, con rapidez felina, se lanzó sobre él y lo encerró entre sus fuertes brazos mientras el oficial, prendiéndosele de la mano, se la retorció hasta hacer caer el arma. Enseguida, ayudado por los otros peones, lo maniataron y lo arrojaron sobre un carro que le facilitó el administrador para llevarlo al pueblo. Don Frutos recogió el saco del suelo, lo estrujó poco a poco como buscando algo y, luego, con el mismo chuchillo le descosió el hombro y allí, entre el relleno, encontró escondidas las monedas de oro y el anillo. Después volvió a la mesa a terminar su whisky y agradecer al dueño de casa su colaboración, terminado lo cual la comisión montó a caballo y emprendió el regreso.
Una vez que el preso estuvo bien seguro en el calabozo, el comisario y el oficial se acomodaron en la oficina.
Arzásola, impaciente, preguntó:
-Perdón, comisario, pero ¿cómo hizo para descubrir al asesino?
-Muy fácil m´hijo. Apenas le vi las heridas al muerto supe que el culpable era forastero.
-¿Por qué?
-Porque las heridas eran pequeñas y aquí nadie usa cuchillo que no tenga, por lo menos, unos treinta centímetros de hoja. Aquí el cuchillo es un instrumento de trabajo y sirve para carnear, para cortar yuyos, para abrir picadas en el monte y adonde se clava deja un aujero como para mirar del otro lado y no unos ojalitos como los que tenía el Tuerto. Después, cuando le metí el palito adentro, supe por la posición que el golpe había venido de arriba para abajo y me dije: Gringo.
-Cierto, lo oí pero, ¿cómo pudo saberlo?
-¡Pero m´hijo! Porque el criollo agarra el cuchillo de otra manera y ensarta de abajo para arriba como para levantarlo en el aire.
-¡Ah!
-Después medí la distancia de los pieses a la herida y marqué en la espalda del cabo, alcé el brazo y lo bajé, pero daba más abajo. Entonces me puse en puntas de pie y me dio mas o menos. Por eso supe que el asesino era como cuatro dedos más alto que yo y como mi medida, asegún la papeleta, es de uno setenta, le calculé uno y ochenta.

-Sí, ¿pero cómo adivinó que había escondido las monedas y el anillo en el saco?
-Porque con el calor que hacía no se lo sacaba de encima. Pensé que debía tener algo de valor para cuidarlo tanto y más me convencí cuando empezó a sacárselo y le vi la camisa pegada al cuerpo por el sudor. Servite m´hijo. Aquí vas a tener que tomarlo cimarrón.

Arzásola lo aceptó y dijo:
-Creo que voy a tener que aprender eso y otras cosas más.

Lo vació de tres o cuatro enérgicos sorbos y lo devolvió al milico; luego, como la mesa empezaba a tambalear nuevamente, tomó el libro de psicología y lo puso por debajo de la pata renga.


EL PUEBLO MAPUCHE Y SU RELACIÓN CON EL AGUA

 

Serie: SOCIEDAD “El pueblo mapuche y su relación con el agua” recopilado para la RED por nuestro blogger Valerio Tobaldo.

El pueblo mapuche y su relación con el agua

Se sabe de niñas que han muerto ahogadas por escuchar sonidos y voces maravillosas llamándolas desde el fondo de las aguas. El mito del Sumpall cuenta de un ser que habita las aguas de los lagos y se lleva a las niñas, más proclives a ahogarse. A veces las niñas vuelven, como almas en pena, cargadas de frutos marinos y pescados, a consolar a sus padres y pedirles que no lloren. El Sumpall vive en Sumpallhue, situado en el fondo de ríos y lagunas. Decían del Sumpall que era una persona correcta, que cuando se llevaba a una niña cumplía con el protocolo mapuche para el matrimonio y que pagaría por la niña raptada. Por eso se consideraba la primera pesca abundante como paga, tras de lo cual no se hablaba más del asunto. De las niñas ahogadas se decía que se convertían en aves; a veces en una huala, que no vuela bien pero si es excelente nadadora; esto porque el Sumpall todavía la retiene. Hay decenas de relatos y leyendas entorno a los ríos, costas, lagos y lagunas donde interviene el Sumpall. Con el gusto del pueblo mapuche por el agua y la natación no deben haber sido pocos los ahogados.
La retribución que debe hacer el Sumpall está muy arraigada en la cultura mapuche como una ley natural; todo lo que se quita debe ser repuesto; por eso hay muchos ritos en los que se hacen ofrendas y regalos antes de cosechar o quitar. Como por ejemplo las ofrendas que se hacen al mar, poniendo ollas de comida en hilera, sobre la arena; el mar se las lleva, pero debe devolverlo todo con peces abundantes; a veces no es la ola quien trae las retribuciones sino una sirena, una niña que sale del agua con un canasto de peces y mariscos. Igual ceremonia se hace para los funerales, pues todo el mundo trae mucho alimento que se va colocando en hilera desde el muerto; luego todo el mundo come, a veces por varios días.
Las niñas van a bañarse todos los días; se lavan el pelo con quillay, que desengrasa y odoriza. Huellelhue se le dice a los lugares aptos para nadar; Hueyeln es nadar, y hueyelfe es nadador. La relación de los mapuches con el agua es destacada por muchos testigos; se lavan todos los días, en contraste con el español, que en esa época apestaba; se les enseña a los niños desde muy pequeños a nadar y a cruzar ríos, con lo cual se forman muy buenos buzos. El culto a la limpieza se extiende a la casa, que se barre un par de veces al día. Son casi todos los mapuches unos grandes nadadores. Hay documentos que señalan que los niños recién nacidos eran llevados a bañarse al río casi inmediatamente después de nacidos.
Muchos escritos testimonian de los grandes caudales de ríos que hoy son arroyos, o ya no son navegables. También podemos encontrar información acerca de las canoas y de las embarcaciones en general del pueblo araucano, que se iban sofisticando más a medida que se avanza hacia el Sur, pues la navegación por mar hace necesarias embarcaciones mejor construidas. Y sin embargo quedan muy pocos restos arqueológicos o testimonios de la intensa vida fluvial del pueblo araucano; lo poco que se sabe es que eran grandes amigos del agua, que eran excelentes nadadores y que manejaban con mucha pericia sus barcos primitivos (que sin embargo eran tales que podían contener a treinta hombres o cuatro animales vacunos).
La manera en que se construían las canoas está recogida en las crónicas: elegían un árbol grande de tronco grueso de los que abunda en el sur (probablemente caído) y lo van royendo por medio de brasas y conchas. Cavaban el corazón del árbol usando brasas y raspado con conchas, un trabajo largo pero que daba muy buenos resultados. La canoa, wampo o huampo, era también el ataúd de muchos mapuches; la palabra significaba ambas cosas.
Su gran relación con el agua se ha perdido en la historia quizás por el mismo hecho de que el pueblo mapuche cambió radicalmente su estilo de vida, pasando de ser gentes de agua (mares, ríos y lagos) a gentes de ganado con la llegada de los españoles y los nuevos animales de rebaño. No es la imagen que se tiene de los mapuches: viviendo a orillas de los ríos y navegandolos muy frecuentemente. La imagen desvirtuada se explica una vez más por su transformación y adaptación al nuevo medio que trajeron los conquistadores: el caballo.


miércoles, 18 de diciembre de 2013

MITOLOGIA DE PUÑALES

 serie: CUENTOS “MITOLOGIA DE PUÑALES” recopilado Para la RED por nuestro blogger Valerio Tobaldo

MITOLOGIA DE PUÑALES, por José Carlos Depetris

La afirmación del coraje varonil mediante lances de honor fué un elemento importante y particular en la cultura del hombre rioplatense. La práctica del duelo con arma blanca como culto al coraje o como único recurso para lavar una afrenta,queda planteada desde la llegada misma del Europeo. Y aparecerá, intimamente asociada a las primeras menciones al gaucho -como tipo social- desde la epoca de la colonia. Quizá el antecedente mas lejano en tiempo y espacio , pero mas próximo a nuestra cultura, sea la singular forma de combate de los italianos del sur o de los andaluces peninsulares: manta en un brazo y navaja en el otro.
En el proceso criminal seguido en Buenos Aires al "gauderio" Juancho Barranco en el año 1759, (primigenio guapo dieciochesco) consta como entró a la pelea: a los gritos de "háganse a un lado"; con un sable en la mano, un puñal en la otra y el poncho envuelto en el brazo. En la época que aludimos, las muertes que resultan de las peleas en las pulperias dan lugar a la sanción de numerosos bandos prohibiendo llevar armas. Uno del año 1753, pena con docientos azotes al portador de cuchillo. Juan Manuel de Rozas, ochenta años mas tarde usaba la misma pena para igual "delito" entre sus peones .Atosigadas de autoritarismo , las huestes criollas hubieron de sufrir el represivo "Codigo rural" pergeñado por la oligarquia vacuna hasta entrado el siglo XX. Claro que no solamente entre hombres vindicaba el acero.
Una curiosa causa judicial del siglo XVIII obrante en el archivo historico de la prov. de Buenos Aires, muestra la conducta de un despechado amante campero. La denunciante -agredida en su femeneidad y honor- expone ante autoridad competente la mutilacíon de su cuidada trenza, ceñido su extremo por un delicado nudito de cinta , y cerdeada a cuchillo por el gaucho Lujanero. La rubiona prueba del delito -para la posteridad- consta prolijamente acomodada entre los amarillentos folios de la causa.
Desde aquellos expedientes de trabajosa letra podemos rastrear algunas expresiones camperas ya usadas en la época para referirse a los hechos con arma blanca : "Grande dañino" o "cuchillero y peliador"; "mozo perdido"; "pasiandero" (por vagabundo).La primera mención a la voz "facón" es de 1790. De hecho,en nuestra literatura nacional -y en especial la gauchesca- el duelo criollo o los hechos con arma blanca ocupan un lugar destacado.
De a cientos campean las circunstancias que los provocan.Y se evidencian las normas no escritas pero tácitas e implicitas que los regulan en los diferentes escenarios en que se desarrollan.Ya sea en la ciudad, en sus orilleros arrabales o en la campaña.En las dilatadas extensiones fronterizas al indio, primero o en los tardíamente incorporados "Territorios Nacionales",después del 1880. No obstante lo disimil,todas siguen un común patrón: tienen que ver con el mas profundo honor individual, con la imagen social encorsetada casi siempre en la marginalidad y con el hondo prestigio social de "hombre capaz".
El duelo criollo dentro de este contexto, podía ser espontáneo o convenido de antemano. Podían -entre sus causas- campear el alcohol, viejos resentimientos o una palabra de mas.Cuando no, una "china querendona" o una copla intencionada  y surgen así, las variantes:
·         A muerte, si la afrenta a lavar lo hiciera exigible o si el simple acaloramiento de los hechos enturbiara la razón.
·         A "primera sangre" ,si sólo se buscara desprestigiar al adversario.
A veces, lo que se trataba era "marcar" el rostro del oponente conllevando en si mismo -el hachazo heridor- una carga de predominio sobre el contrario.De fuerte valor simbólico en aquella sociedad pastoril donde la "hierra" al ganado vacuno o caballar otorgaba derecho o propiedad sobre el mismo.
Y los había, claro está, duelos de "puro floreo". Por juego o de diversión. Y también de práctica. En estos casos se usaba un palito o simplemente el dedo índice tiznado o engrasado sustituyendo el arma. La técnica de lucha -la esgrima criolla- , se basaba en las habilidades de "visteador", fuera ésta adquirida o innata: vista y reflejos rápidos, un buen acopio de mañas y un gran dominio de las emociones.
Recuerdo vagamente haber presenciado una amistosa "visteada" en el patio de la "canchita de los malandras", siendo muy chico.En aquella Santa Rosa todavía campechana de principios de los 60', que marcó gran parte de mi infancia. Frecuentaban el popular frontón , (tambien despacho de bebidas y encubierto reñidero) los ultimos carreros de la zona y cocheros de la ciudad ; mañosos galleros; viejos milongeros criollos y la muchachada pobre del barrio "del salitral" con veleidades de pelotaris.
Aquellos contrincantes -paisanos maduros ya y del tipo de los que hoy no se ven-, dejaron sentada su condición de esgrimistas entre los presentes. Fue una prolongada demostración de finteos, amagues y topadas; de replieges y giros buscando "entrar". Bien afirmadas sus piernas, el torso algo quebrado y adelantado, llevando al otro hacia las imperfecciones del terreno, a los obstáculos.
Claro que muy distintas por sus resultados y mucho mas impresionantes deben haber sido aquellas tenidas bravas,las verdaderas. Hudson las pinta impecablemente:
"...el floreo del facón implicaba todo un arte impresionante cuando los rivales se enfrentaban y sus armas,reflejando el sol,parecían dos ruedas resplandecientes,dos espejos giratorios.."
Los puntazos y hachazos se atajaban -o desviaban- con el propio cuchillo o con el poncho que envolvía el brazo opuesto,en continuo movimiento cubriendo algo separado, el torso y cintura. Son numerosos los episodios donde el paisano no queriendo "desgraciarse" da por terminada la contienda con un planazo oportuno y bien aplicado "entre las aspas" evitando así el inutil derramamiento de sangre. Cuando el adversario era despreciable por alguna condición moral o simplemente considerado poca cosa, se apelaba al uso de otras armas: el rebenque, el arriador, el cabestro o el mismo poncho. Sabido usar con fuerza y baquía,"la manteada" -que así se llamaba esta técnica- podia llegar a ser soberana.
Hay episodios que resultan reveladores. Eduardo Gutierrez narra dos de estas características:
..."Pacheco repitió los ponchazos con encarnizamiento."El Cinchador" a cada golpe vacilaba y extendía los brazos para no caer. Dos ponchazos mas y hubiera emprendido la fuga. Pacheco así lo comprendió, dejó de castigarlo diciendo: "no lo corro amigo porque no quiero avergonzarlo mas..."
En cuanto al uso del rebenque,dice el mismo autor de uno de sus héroes, el famoso gaucho bonaerense apodado "el Tigre del Quequén":
..."se apoderó del rebenque que estaba sobre el mostrador y diez segundos después Rosendo rodaba por el suelo perdiendo daga y prestigio bajo la mas espantosa lluvia de rebencazos que se haya dado jamás"...
Pero el arma por excelencia del gaucho -o del paisano criollo- para dirimir sus cuestiones fue el cuchillo. Los había de diferentes nombres que aludian a sus formas y tamaños: puñal, facón, daga o el mas práctico y doméstico "verijero" que toma su nombre del lugar donde se porta entre la faja y el cinturon.  Aquellos, de dimensiones mas considerables se usaban cruzados a la cintura por atrás.Todos,se llevan en una vaina de cuero o si el portador fuera "de posibles", enchapada en oro y plata. Eso si, colocado el filo de manera que al sacar el arma en un apuro y en el amplio semicirculo que traza el brazo armado -como sentenciaba el hernandiano viejo Vizcacha- .."salga cortando"....
En el recado se llevaba "el caronero" ,confeccionado casi siempre con una hoja de sable. Iba colocado entre el basto y la carona, con el mango hacia adelante, siempre del lado de montar.  El arma de fuego nunca tuvo aceptación masiva entre el paisanaje.Cuando la porfía había sido entre arma de fuego y cuchillo a corta distancia, generalmente había triunfado el último. Sólo un buen tirador puede acertar a un blanco que avanza zigzagueante, moviendo el cuerpo.Y si así fuera, aún herido mortalmente, puede "acomodar" una puñalada en su envión.
Felix San Martín, relata un hecho sucedido en 1898 en las inmediaciones del incipiente caserío de Santa Rosa, entonces, "de Toay".
PALABRAS DEL CACIQUE CATRIEL

Pero hay un demonio que puede en lo malo, más que Dios en lo bueno, y éste que su ocupación es hacer daño, tentó a los cristianos de allá para que se desgranasen llenos de codicia a quitarnos las mejores tierras, las mejores aguadas que nacen de las entrañas de las sierras corriendo por  zanjones que Dios ha hecho para que lleguen al destino que les dio.
¿Cuántas maldades no han sufrido los indios con sus hijos cautivos, en sus padres, abuelos y hermanos asesinados, en sus haciendas usurpadas?

"Discurso pronunciado por (el cacique) Catriel el 27 de febrero de 1859, contestando los artículos del tratado que conduje firmado ya por el Gral. en Jefe del Ejército del Sud"
CARTA DE TORO SENTADO AL PRESIDENTE NORTEAMERICANO

Tenéis que enseñar a vuestros hijos que el suelo que está bajo vuestros pies tiene las cenizas de nuestros antepasados. Para que respeten la Tierra, contadles que la Tierra contiene las almas de nuestros antepasados. Enseñad a vuestros hijos lo que nosotros enseñamos a los nuestros: que la Tierra es nuestra madre. (Año 1855)


domingo, 3 de noviembre de 2013

EL GAUCHO VIEJO


VALERIO TOBALDO
Mis Cuentos
El Gaucho viejo
Estaba una vez visitando un centro tradicionalista, donde  se reunían  gauchos jóvenes y viejos, así que otras personas para escuchar música  criolla y  cuentos con las hazañas de los viejos criollos , con los lazos, con aparecidos , lugares lejanos donde habían sido invitados  para participar en  yerras, donde decían haber dejado a más de uno con la boca abierta cuando pialaban. Otros contaban  sus hazañas como domadores en jineteadas, en las grandes Estancias.
Alejado de los demás había un viejo gaucho vestido tradicionalmente con bombachas, faja, sombrero, botas y espuelas y facón,  estaba tomando  una caña. Estaba sentado a una mesa,  bebiendo tranquilo su caña, cuando una joven se sienta a su lado y después de ordenar un trago, se vuelve hacia el gaucho y le pregunta.
_ ¿Es Ud. un gaucho de verdad?
_ Bueno… he pasado toda mi vida en un rancho, enlazando vacas, domando caballos, esquilando ovejas, alambrando, yendo de yerra en yerra, de tropa en tropa. Por todo ello creo que soy un gaucho de verdad _ le responde el criollo.
Luego de un rato el gaucho le pregunta a la joven que era lo que ella hacía. A lo que  ella responde:
_Yo soy lesbiana, paso en día entero pensando en mujeres, me despierto   en las mañana pensando en  mujeres, cuando estoy comiendo pienso en mujeres, bañándome pienso en mujeres viendo  TV,  todo me hace pensar en mujeres .
Al rato ella se marcha y el gaucho ordena otra caña.
Una pareja se sienta a su lado y le preguntan:
_ ¿Es Ud. un gaucho de verdad?
_Miren, yo siempre pensé que lo era, pero resulta que ahora me acabo de enterar  que soy una lesbiana _  Les contesta el gaucho.


viernes, 1 de noviembre de 2013

¿DONDE ESTARÁ EL ALMA DE DON JULIÁN PEREZ?

VALERIO TOBALDO
Mis cuentos


¿Dónde estará el alma de Don Julián Pérez?
La Iglesia Católica  Apostólica Romana  tiene en su seno muchos movimientos conformados,  especialmente por mujeres,  ellas muy piadosas, y algunos también por hombres que dedican algo o mucho de su tiempo  a las obras que cada movimiento demanda.
Por citar algunos: los “Cursillistas” formado por hombres y mujeres; el “Movimiento familiar Cristiano”; “Movimiento de Schoenstatt”;  “El Apostolado de la Adoración”; “Hijas de  María”; “El Consejo Económico”; “Las Catequistas”   y otras muchas mujeres y hombres, que sin pertenecer a ningún movimiento se dedican a obras de caridad, visitar a los enfermos, rezar en los velatorios, ayudar al sacerdote en el mantenimiento de la Iglesia. En fin dedican parte de su vida en ayudar al prójimo y a toda persona que necesite ayuda espiritual y material, siempre que esté  a su alcance.
Despectivamente se los suelen llamar  “chupa-cirios”; no obstante es de agradecer y reconocer a esos hombres y mujeres que comprometen su vida a  las obras de bien, sin hacer gala  de un credo religioso especifico; allí donde ven una necesidad, buscan la manera de solucionarla o a quién pueda hacerlo.
Esta pequeña historia que voy a contar sucedió en un pueblo chico, donde todo el mundo se conocía y las noticias corrían a tanta velocidad que en menos que canta un gallo, todo el pueblo ya estaba enterado. 
Una de mujeres del pueblo, Doña María Castellanos, casada con Don Julián Pérez, sin hijos; mujer muy piadosa donde las hubiera, de misa y comunión diaria, atendía a los ancianos en un asilo, visitaba a domicilio los enfermos en cuanto se enteraba que había alguno.
Enfermó su esposo, y luego de varios meses de postración falleció.
Lo único que la tenía atada al mundo era su esposo, habían convivido exitosamente durante los 40 años. Por lo tanto, ya viuda dedicó todo su tiempo a obra de bien y rogaba permanente a Dios que el día que ella muriera se le permitiera descansar junto a su esposo.
Como a todo mortal le llegó el día, produciendo este hecho una gran congoja en el pueblo, ya que se perdía a una persona que había ayudado tanto a todos, sin distinción de clase o religión.
Una vez hubo llegado a su morada final se encontró con San Pedro, que la estaba aguardando. Doña María le manifestó que quería reencontrarse lo más pronto posible  con su esposo Julián Pérez. A lo que San Pedro, le dijo que ese nombre no le sonaba entre los habitantes del cielo; no obstante le pidió  a un ángel que le trajera el archivo de las almas del cielo.
Doña María insistía en que su marido había sido muy bueno y que por lo tanto debía estar allí.
Cuando llegó  el ángel con el archivo, San Pedro se puso inmediatamente a buscarlo, pero efectivamente Julián Pérez no era parte de esa comunidad de almas. Ya un poco más nerviosa, Doña María le dijo a San Pedro que indudablemente se trataba de  un error. Viéndola tan angustiada, San Pedro le pidió al ángel que le trajera el Archivo del Purgatorio. Una vez se hubo retirado  el ángel a buscar el archivo, San  Pedro le comentó a Doña María que quizá su marido se “había mandado alguna macanita” que ella ignoraba, y que la estaría pagando  en el Purgatorio.
Una vez consultado el archivo del Purgatorio,  y San Pedro ya más serio le confirmó a María que tampoco estaba en el Purgatorio. A lo que  Doña María cae en la desesperación y el desconsuelo. San Pedro no podía verla tan mal, así que manda al ángel a que le trajera el Archivo  del Infierno, y le dice a María:
 _Si está  en el Infierno es que se ha mandado en la vida algunas macanas grandes, que evidentemente las  ocultó. Y es sabido que cuando se   toman decisiones, correctas o erradas, luego hay que asumir las consecuencias. Y le puedo asegurar, señora, que de allí yo no lo puedo sacar.  
Tampoco apareció el señor Julián Pérez  en el registro de entrada del Archivo del Infierno.
Entonces San Pedro, con la mosca detrás de la oreja, se dirigió a María y le dijo
 _Mirá María, te voy a hacer unas preguntas,  que a lo mejor puedan aclarar el asunto: ¿Estas segura que murió?
_Si _ le contestó María _ Con mis manos le di tierra.
_ ¿Decime María, y esta pregunta sí que es muy importante ¿Donde  trabajaba tu marido?
_ Era Inspector de la  DGI _ le contestó ella.
Entonces San Pedro la mira y le dice:

_ A BUENO ¡HUBIERAMOS  EMPEZADO POR AHÍ! …ESA RAZA DE SER HUMANO NO TIENE ALMA!